Hambre espiritual

“Aunque tenga que matar, engañar o robar, a Dios pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre.”

Scarlet O´Hara

 

Hace días que me persigue esta imagen. La de una mujer orgullosa, rica, que ha tenido que prescindir de lo que tenía en abundancia, pasar por el aro, por la guerra, por el conflicto, por la escasez. Y que decide, un día, como podría haberlo decidido cualquier otro, que nunca más volverá a pasar hambre. Que nunca va a dejarse vencer, por mucho que se le encabrone la realidad. Que hará todo lo que sea posible para no volver a pasar por el aro. Para no volver a pasar hambre espiritual.

IMG_2896.jpg

No podría enumerar qué cosas me han llevado a sentirme una Scarlett vencedora. Bueno, sí podría. Que haya aceptado trabajos en los que me han ninguneado. Trabajos en los que me han faltado al respeto. Por miedo a la pobreza, a la carencia. Porque me he dejado llevar por el miedo demasiado tiempo. Porque he enseñado a mis hijos, sin quererlo, a sentirse víctimas. Porque ahora, aún, estoy a tiempo de desfacer el entuerto. Porque he dudado de si dar la cara, esperando lo que no venía. Porque me he faltado al respeto pretendiendo buscar maneras de sobrevivir que atentaban contra mi esencia. Demasiado tiempo. Demasiado.

Me entran fuerzas, paradójicamente, cuando me impulso desde el espacio imaginario -qué pretenciosa- de portavoz de los que aún no han alzado su voz. De los que han visto truncados sus sueños porque no han recibido el apoyo que hubieran necesitado, y que, de haberlo tenido, podrían haber recorrido un camino más brillante, más auténtico. No de tardes eternas viendo la tele. No de cafés con leche descafeinados. No de abrir sus manos a limosnas de la sociedad que, en su enfermedad y sus tratamientos, han creído que sólo podían pretender.

Nunca más voy a volver a pasar hambre espiritual.

El reton-no

Hola, ya estoy aquí, vengo para quedarme. Hola, me voy. Hola, ya estoy de vuelta. Hola, me vuelvo a ir… Y así.

Es lo que tiene el miedo: que te hace recular, volver hacia atrás. Hoy decido que a partir de ahora y para siempre jamás… y, ¡zas! aparece Don Miedo, siempre tan invasivo, y te hace decidir que lo que iba a ser una energía imparable va a ser un frenazo que te va a dejar el peluquín pegado en la luna de tu coche. Así son algunas cosas, para quienes nos dejamos influir por él.

En fin. Siempre que haya vida habrá posibilidades de rectificar.

Que tengáis un muy buen día. Muá.

Por qué tú no me pareces interesante

Quejarse es un acicate a la acción, pero si sólo se toma de manera constructiva. Y hay tanto por construir. De momento va, sin embargo, la queja.

No me pareces interesante porque juzgas sin ponerte en la piel del otro. Porque lo consideras diferente a ti. Por supuesto, inferior.

Porque proyectas en él de manera inconsciente tus frustraciones.

Porque te consideras mejor que él y que debes enseñarle. A comportarse, a seguir las reglas, a cumplir con el mandato.

Porque polarizas el mundo en lo que está bien y lo que está mal, cuando a veces esas barreras sólo están en nuestra mente. La moral.

No me pareces interesante porque crees que lo que hace es para hacerte la puñeta, cuando podrías sentarte con él y contrastar ideas. Abrir tu mente y tu corazón al otro. ¿Reconsiderar tus apriorismos, tus creencias, tu experiencia (larga y contrastada)? La vida es cambio.

Porque estás muerto en vida. Porque te separas de lo que está vivo y lo consideras peligroso. Una aberración.

Porque no confías en el otro. No confías en ti.

Porque quieres ayudar invadiendo, no invitando ni acompañando.

Porque nunca tendrías un amigo como yo.

¿Sabes? Cómo tú te irritas con el otro y cómo me irrita a mí la manera como tú te comportas con él nos hacen mucho más cercanos de lo que querríamos.

3608162170_96708d6d53_o

Foto: photogramma1

Así que ahora ya lo sabes. No pienses que era porque sí.

 

Lo he intentado, pero no me ha salido

A Susanina

He intentado escribir, durante estos meses de sequía creativa. He abierto el escritorio del wordpress, he escrito una línea, quizá dos. Luego: la nada.

Empecé viviendo casi un sueño que pronto se volvió una pesadilla. He pasado los últimos meses tropezando e intentándome levantar entre medicaciones, tratamientos y efectos secundarios que no han servido más que para ganar tiempo a esa nada que se me iba aferrando a la mente y al corazón. La nada. Esa nada.

Junto a la nada, la enfermedad. Mientras engordaba 15 kilos, me diagnosticaban de otra enfermedad crónica -mira qué suerte-: colitis ulcerosa. Vaya colección.

Además, las frustraciones me convertían en una persona irritable y frustrada, proyectando mi descontento en lo que los demás hacían o dejaban de hacer. ¿A alguien le suena? Me he convertido en estos meses en una persona que no para de quejarse y de autocomplacerse en la comida y el sedentarismo.

Quiero decir que lo he intentado, pero no lo he hecho. No me ha salido. Quizá no lo he intentado con suficiente fuerza.

Y  cuando un ovillo se hace tan grande es difícil desenredar el hilo. Pero hace un par de meses empezó a surgir la necesidad de salir de ese atolladero. Y empecé a estirar del hilo, muy despacio. No sé porqué he tenido que vivir esto. No lo entiendo. Sin embargo, hay algo que surge de la más completa oscuridad. Una necesidad minúscula, un cambiar de postura sólo un poquito, un mover la cabeza en otra dirección. Un sueño, quizá. Una palabra de alguien, o una mirada.

Y de nuevo, el recuerdo de que una vez supe con todo mi ser que sólo podía curarme yo. Ni el mejor médico del mundo, ni el mejor terapeuta de la galaxia me pueden sacar del atolladero si yo no hago algo por salir. Y estoy saliendo. Espero quedarme a la luz el suficiente tiempo para recuperar la memoria y no perder de vista el peligro. Puedo volver a estar muy abajo, si me dejo. Muy abajo.

Efectos secundarios y estigma

Lentitud de movimientos, torpeza, amnesia, hipersomnia, insomnio (!), pulso tembloroso, libido baja o inexistente, anorgasmia, conformismo, estreñimiento, hemorroides, aerofagia, retención de líquidos, hiperfagia o aumento del apetito, problemas cutáneos, etc.

Etcétera, etcétera, etcétera.

Y hay gente que se atreve, sin haber tomado ningún medicamento de los que yo estoy tomando, siendo médicos o no, a darme consejos sobre cómo debo actuar, qué principios deben regular mi vida, qué criterios he de seguir con respecto a la medicación que debo tomar. ¿Por qué?

Porque se sitúan, una vez más, en el tú versus yo. Ellos, los enfermos, nosotros, los sanos.

Pues bueno, pues vale.

 

14164367233_3462915363_o

Foto: Daniel Zedda

 

La ballena más sola del mundo

En 1989, a finales de la Guerra Fría, la Marina Estadounidense registró, por casualidad, un día rodeados de ballenas una voz muy distinta – un canto de ballena a 52 Hertz. Llamaba y llamaba pero nadie contestaba – nadie de su especie podía oírla. El rango habitual del sonido de la ballena adulta es entre […]

http://vidaanna.wordpress.com/2014/10/31/la-ballena-mas-sola-del-mundo/

Cosas que hacemos mal los pacientes

Como ya prometí en su día, aquí hay para todos.

  • Decimos que los psiquiatras sólo quieren darnos pastillas y, para corroborarlo, sólo les pedimos pastillas. Sí, ya sabemos que quizá se nos niegue el diálogo pero, ¿hemos intentado alguna vez iniciarlo? ¿Continuarlo? ¿Provocarlo? Es muy fácil quejarse a las espaldas de alguien, pero si queremos que la relación médico-cliente mejore, quizá nosotros podríamos demandar algo más.
  • Tiramos la toalla demasiado rápido. Buscar ayuda a veces no es un trabajo que dé frutos instantáneamente. Como en todos los ámbitos, hay profesionales más eficientes que otros. O, simplemente encontramos a alguien en un día malo. O, simplemente, se trata de una relación que podemos mejorar con nuestra actitud.
  • No se trata de un juego. A los que nos diagnostican una enfermedad “para toda la vida”, ¿cómo es posible que nos quedemos con una sola opinión? ¿Cómo es posible que vayamos al psiquiatra como si fuéramos a fichar al INEM? Es algo que no tiene sentido, no logro entender porqué tiramos la toalla tan rápido.
  • Les ocultamos a los médicos las terapias alternativas o complementarias en las que estamos invirtiendo tiempo y esfuerzo. ¿Qué pasa, les tenemos miedo o qué?
  • A mí en alguna ocasión no me han creído, o han arrugado el morro ante alguna terapia o trabajo o remedio que he tomado. Me han dicho que no me creían. ¿Y qué? No te lo digo para que te lo creas, te lo digo porque eres mi psiquiatra y creo que debes saberlo. No quiero tu aprobación, quiero que lo sepas.
  • Nos quedamos con una sola opinión. Y, por el contrario, la desdeñamos en cuanto se cierra la puerta de la consulta.
  • Les dejamos que nos traten como a niños. Alguien una vez me dijo: “los demás nos tratan como les dejamos que no traten”. Pues bien, la consulta del psiquiatra o del psicólogo, o de cualquier médico, es como la de cualquier profesional. ¿Le dejas al técnico de la lavadora que minimice los efectos de una máquina estropeada? “No mire, no me creo que no lave bien la ropa, está usted exagerando”. ¿Le dejas al panadero que te venda pan de ayer?
  • En general, les entregamos demasiado poder y luego nos quejamos de cómo lo ejercen.
  • Queremos que nos solucionen la papeleta. Ya sabéis lo que opino yo de la enfermedad. Los demás pueden ayudarnos, pero somos nosotros los que, si nos responsabilizamos adecuadamente, podremos llegar a “curarnos”. Y que cada cual entienda lo que quiera de la curación. Se trata de un delicado equilibrio de fuerzas, de un trabajo en equipo. ¿Dónde está nuestro poder, nuestra responsabilidad, nuestro empoderamiento?
  • Empoderamiento, esa palabra tan rara. Hacerse cargo, coger las riendas, responsabilizarse, tanto en su acepción de asumir las consecuencias, como de capitanear nuestra recuperación o de “responder con nuestras habilidades”. Esa piedra preciosa está a nuestro alcance.
  • La curación o, mejor dicho, la recuperación, ¿será la que diga el médico, el psicólogo, el panadero o el técnico de la lavadora? ¿Nuestra pareja? ¿El “sistema”? ¿Las farmacéuticas? ¿Los demás?
  • No queremos hablar de nuestra enfermedad porque tenemos miedo de que nos estigmaticen. Sí, es cierto que podemos perder nuestro puesto de trabajo, que en el caso de un delito o de resultar sospechosos siempre lo seremos el doble que los demás. Que en el caso de un juicio o de una custodia de los hijos estamos en inferioridad de condiciones. Y un interminable etcétera. Un doloroso etcétera.
  • Pero en el cara a cara, en el tú a tú, tenemos siempre excusas para no hablar de nuestras cosillas. “Los demás no me andan contando a mí lo que les pasa”. Tampoco se trata de ir explicando nuestras miserias. Pero entre no decir nunca nada a nadie por no resultar inapropiado, por miedo al rechazo y a la segregación o andar como agentes secretos de alguna organización sospechosa y hablar con naturalidad cuando sale el tema, hay un gran abanico de matices.
  • Nunca voy a animar a nadie a que lo diga en su trabajo, o en su entorno social. Cada uno es responsable de sí mismo y tiene su camino. En mi experiencia, cuando mi entorno ha sido conocedor de mi condición y he estado en horas bajas, me he sentido más reconfortada y protegida que antes. Es mi opinión.
  • No queremos tomar la medicación cuando nos encontramos un poco bien. En eso entono el mea culpa. Pero he de decir que los efectos secundarios son a veces desastrosos. Y que, al fin y al cabo, no es plato del buen gusto de nadie estar enfermo y tener que tomar medicamentos. En fin, este es un largo y espinoso tema que trae mucha tela, creo que lo dejaré para otro post.

Todo esto lo resumiría en 3:

  • No sabemos comunicar.
  • No queremos aprender.
  • Tenemos miedo.

Y para hacerlo todo más sencillo, remitiría a la Regla de Plata:

No trates a los demás como no te gusta que te traten a ti.

Cosas que los psiquiatras hacen mal

Me han pedido que haga una lista con las cosas que los profesionales de la salud mental hacen mal. Por supuesto es una lista abierta ( y un poco caótica) y podéis incorporar vuestros comentarios. Allá va, espero que no se les atragante el café.

  • Pensáis en términos de ellos (los enfermos) y nosotros (los médicos).
  • ¿Qué tal sería que nos convirtiéramos en clientes? Hay colegas vuestros que lo expresan así. Sí, sí: psiquiatras.
  • Ponéis mucho énfasis en no pareceros a nosotros: en la manera de vestir, en la manera de actuar, etc.
  • Pensáis, o eso parece, que nunca os podría pasar a vosotros. Que nunca os va a pasar.
  • Y si es así, perfecto, ¿no? Pero podríais hacer un poco de esfuerzo en desarrollar vuestra empatía.
  • ¿Os trabajáis? Confiáis en esas otras terapias alternativas que, en el mejor de los casos, aceptáis para nosotros pero, ¿y vosotros? ¿Os dejáis cuidar? ¿Os miráis al espejo? Ah, quizá es que lo sabéis todo.
  • No sois conscientes de que necesitáis ayuda para aprender a comunicar, para aprender a escuchar, para mejorar vuestra postura, vuestro lenguaje corporal, etc. ¿Sabéis lo que mejorarían vuestros resultados, la calidad de vuestro trabajo y de nuestros tratamientos si os “trabajárais” un poquito?
  • Soberbia, arrogancia, distancia, prepotencia. Es la imagen que se suele dar cuando no se es consciente de las propias limitaciones e inseguridades. No sois dioses, ¡ni esperamos que lo seais!
  • Cercanía, calidez, seguridad, honradez. No dejéis que las empañe el miedo a resultar inapropiados.
  • Si nos fijamos todos en nuestros defectos, mal vamos. Pero si miramos nuestros puntos fuertes, quizá podríamos formar equipo y lograríamos mejores resultados. ¿No?
  • No dejáis hablar. No escucháis. No miráis a la cara.
  • Rechazáis nuestras reflexiones, nuestros hallazgos, nuestros avances.
  • Receláis de nuestra capacidad de autoobservación.
  • Planteáis el diagnóstico como algo para toda la vida, irrevocable. Una losa.
  • Buscáis síntomas con el afán de que os encaje en algún diagnóstico: la etiqueta.
  • Planteáis la recuperación siguiendo los baremos que os han enseñado, sin respetar lo que para nosotros significa la recuperación.
  • Por otro lado, nos trasladáis la necesidad de encontrar ese diagnóstico. ¿Dar en el blanco es vuestro logro?
  • Parece que vuestra herramienta favorita es la medicación. ¿Os acordáis de lo de antes, de hacer equipo? ¿Qué tal abrir el diálogo?
  • Negáis los efectos secundarios. Aún cuando nosotros estamos seguros de que antes de tomar el litio, pesábamos 10 kg menos.
  • Habláis de nosotros en tercera persona estando presentes. ¿Cómo os sentaría si os lo hicieran a vosotros?
  • Nos habláis con paternalismo, con condescendencia. Nos reñís, como a niños. Bueno, como se trataba a los niños en el siglo XIX.
  • Siempre queréis dar un consejo. Siempre queréis acabar la conversación diciendo la última palabra.
  • Pensáis que estamos limitados, inválidos, minusválidos, discapacitados. Quizá es cierto pero, ¿no será que los baremos sociales deberían ser más flexibles, más abiertos? ¿No será que tenemos muchas capacidades y no se nos ofrece el marco adecuado para desarrollarlas? ¿No será que somos más inteligentes, de un modo que ni podéis imaginar, que vosotros?
  • ¡Nos atáis! La contención mecánica aún se practica en nuestro país.
Todo esto lo resumiría en 3:
  • No sabéis comunicaros.
  • No queréis aprender.
  • Tenéis miedo.

Y para hacerlo todo más sencillo, remitiría a la Regla de Oro:

Trata a los demás como te gustaría ser tratado.

Justo ahora

Justo ahora me acuerdo

de todas las depresiones que he tenido

de todos los poemas que no he escrito

de todas las soledades, de los silencios,

de los aguantes, de las rabias,

de los temores, de las metidas de pata.

De todas las veces que me he aguantado,

que he seguido,

que he dicho que sí cuando quería decir que no.

De todos las bulimias, de todas las lágrimas.

De todas las malditas comparaciones.

De todos los caminos emprendidos

y dejados a medias.

De todas las ayudas que no he pedido,

de todos los gritos en el silencio.

Justo ahora me estoy acordando,

de todo lo que he dicho y he hecho,

de todo lo que me juzgo y me condeno,

de todo lo que siento y no siento.

Y sin embargo,

el alivio no viene por lo que recuerdo,

sino por lo que vivo y me resuena.

Quiero parar y que me paren,

quiero sentir y que me sientan,

quiero pensar y que me piensen,

quiero morir, pero no para siempre.

Quiero vivir con mayúsculas, sin temor a nada.

Quiero, justo ahora,

hacer lo que estoy haciendo:

escribir este poema.

Para la nada.

“¿Y QUIÉN NO?”. VÍDEO Y AYUDA DEL IGUAL

Tengo Trastorno Bipolar

Ay, quién maneja mi barca, quién

Ayer se llenó el salón de actos de Civicán. Nos juntamos casi 250 personas para hablar del Proyecto “¿Y quién no?” relacionado con el estigma y la enfermedad mental.

En este enlace podéis ver el vídeo que se proyectó y que también vieron los 576 alumnos de 3º de la ESO con los que se trabajó durante el proyecto.

Por otro lado, me gustaría remarcar la idea de la figura del Peer Support – Ayuda del igual. Funciona. Es útil. Suma. Es una herramienta muy fuerte con unas potencialidades enormes.

Voy a robar a Cristina García Aguayo, mi ayer compañera, de su blog “Estoy como una maraca”, la explicación que da de la Ayuda del Igual.

Me despido agradeciendo a Cristina y a Lorena de Simón la oportunidad de haber trabajar con ellas. Hoy tengo la sensación de que nos quedan muchos debates pendientes. También discusiones. Y risas, y…

View original post 7 more words