El color del cristal

En defensa de la psiquiatría (y de la medicina de familia)

Y es que en el mundo traidor
nada hay verdad ni mentira;
todo es según el color
del cristal con que se mira.
Ramón de Campoamor

Suele decirse que el trastorno bipolar es una alteración del ánimo en el que el sujeto experimenta los dos polos de la alegría y la tristeza de manera exagerada. De ahí lo de trastorno y lo de bi-polar. Manía y depresión. Locura y muerte.

Y en medio quedan un montón de matices que parecen baladí, pero que no lo son. Yo puedo estar “funcionando” en un montón de tonos de marrón increíble. Parece que estoy bien, de hecho lo comunico así. Pero puede que esté haciéndose  un subtono en todo lo que hago, siento y digo. Si ese subtono va haciéndose más presente, si va cogiendo entidad, puedo llegar a traspasar la lína roja. Y eso es lo que me ha pasado en las últimas dos semanas.

En febrero me dieron una muy mala noticia y caí en picado. Tras 9 años de experiencia después de la etiqueta diagnóstica, he desarrollado la capacidad de pedir ayuda antes de que las curvas se pongan peligrosas. Y la pedí. Y la hallé. No en la psiquiatría, por razones que no vienen al caso, sino en la medicina de familia. Encontré un carpintero que me ayudó a encontrar soluciones que iban dirigidas a la estructura de las cosas negativas que me estaban ocurriendo. ¿Cómo? Escuchándome con empatía y cariño. Confiando en que lo que le estaba contando era real, no una exageración de mi mente. Creyendo en mi capacidad de recuperación. ¿Recetándome fármacos? También.

Al poco tiempo, mejoraba. Pero luego recaía. Queríamos, además, cambiar el tratamiento farmacológico porque había algún efecto secundario que me estaba amargando la existencia. Y él supo verlo, y supo darle la suficiente importancia. Cambiar de medicinas cuando estás revuelto no es recomendable, pero en la poca estabilidad que pude tener en esos meses conseguimos encontrar el momento para hacerlo.

No todo era malo en esa temporada, yo estaba bien. Todo lo bien que se puede estar con un subtono marrón caquita. Pero estaba bien. Funcionaba.

Pero, inevitablemente, mi Titanic de acero topó con el inevitable iceberg y la brecha se abrió. Y empecé a verlo todo mucho más negro. Negro me quiero morir. Bandera roja. Alerta.

El entorno, aunque entrenado a estas vicisitudes, al igual que yo, olvida. Y, al igual que yo, necesitó su tiempo para reaccionar. En las máquinas del barco no se entendían con el puente. Llegué a un punto en el que casi naufrago. Sí, estuve más cerca de un funesto final que otras veces. Porque en este capítulo había aparecido un nuevo personaje: la ansiedad.

Y entonces llegó -siempre está ahí, desde hace 9 años o más- mi querida Perro Verde, capitana del barco de rescate más chulo que os podáis imaginar. Nueva escucha cariñosa y amorosa. ¿Pastillas? Sí, pastillas también.

¿Por qué señalo lo de las pastillas? Porque son un instrumento más, una herramienta. Las ponemos, bajamos y subimos la dosis, retiramos con prudencia, etc. No son nuestro objetivo, son nuestro apoyo. Y digo nuestro porque siento muy cercanos a todos los médicos con los que he hablado estos meses.

Cuando ya estaba todo más o menos apañao me tocaba hora con mi nueva psiquiatra. Maravilla. Un 10. Escucha 10. Medicación: no tocamos nada, pero si quieres y puedes bajarte algo empieza por esto. De acuerdo con ella. También hablaba mucho, pero antes me había escuchado. Y dado crédito. Y reconocido mis logros.

Y mientras tanto mi familia y mi entorno. Qué gritos he pegado para que recordaran el plan de Alarma. Y ha funcionado. Porque si bien es cierto que mi bienestar como miembro de la familia condiciona al resto de miembros, mi malestar también. Lo hemos conseguido, una vez más.

Me siento cada vez menos yo y más nosotros. Os quiero mucho. Vaya turra os he dado.

 

 

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Por qué el anuncio del jamón york me parece una cagarruta

Resulta que la salud mental padece de una parasitosis crónica de muy compleja factura, pero que podríamos resumir en dos puntos:

  • La salud mental -y, por ende, la enfermedad mental- es invisible. Es decir, padece de invisibilidad.
  • Y a la vez, paradójicamente, padece de visibilidad distorsionada.

Es decir:

Nuestro nivel de conocimiento sobre la salud mental es bajo, o muy bajo, o nefasto, o ridículo. Nótese que todo tiene su luz y oscuridad, su ying y su yang: por lo tanto, si no sabemos de salud mental tampoco sabemos de enfermedad mental.

Aunque, en realidad, sí sabemos algo. Pero es a nivel intuitivo, social, estereotipado, o simplemente forma parte de nuestro pensarnos encima. Es decir: no sabemos lo que sabemos.

Como no sabemos, nos hacemos ideas erróneas de lo que creemos saber. Que es lo mismo que decir que, encima de que no sabemos, nos creemos que sí. Algo que siempre nos irrita de los demás. No dudamos en decir a alguien que es bipolar, sin saber en qué consiste el trastorno bipolar, y los más avezados se atreven a poner la etiqueta de esquizofrénico a alguien sin coincidir ni siquiera en un solo síntoma.

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Esquizofrenia banderil… hum, ¡qué requetegracioso! Me va a explotar la cabeza.

No os culpo. A mí también me pasó, hasta que me diagnosticaron una cosa de esas. A fuerza ahorcan: me tuve que poner las pilas. Y, aunque sepa poco, sé más que antes. Y lo que sé ahora, creo que debería ser un must. Por ejemplo:

  1. No me parece nada graciosa la contención mecánica. Pero nada, nada. Y cuando digo nada es na-da. Ah, que no sabes que es la contención mecánica. Pues es que te aten. La dichosa camisa de fuerza. Las correas. La violencia.
  2. A mí nunca me han contenido. Pero no me hace falta para ver que es una falta de sensibilidad, cultura, conocimiento y, sobre todo, sentido común, reírse de algo tan delicado. Vamos, que hace falta carecer totalmente de empatía.
  3. Tampoco es gracioso que te tengas que ingresar en una unidad psiquiátrica. Nada gracioso. Tampoco me ha pasado nunca, pero cojona, tampoco me han perseguido nunca por ser judía y no me voy riendo por ahí del holocausto nazi.

No puedo entender que, a estas alturas, se haga un spot con este tipo de imágenes. Gente forzando la apertura de los ojos para simular los síntomas de una enfermedad mental, correteando con la camisa de fuerza y gritando, etc.

Es jodido si tienes una enfermedad mental. Sí, ves eso y piensas: ostras, qué mal. Pero es que a mí me parece doblemente dañino por lo perverso del estigma.

El estigma asociado a la enfermedad mental hace mucha pupa. Son los parásitos que decía antes. Hace que el 85% de las personas diagnosticadas no puedan trabajar, no porque no sean capaces: porque no las dejan. Muchas de ellas empeoran, pero no por la enfermedad, sino por la pobreza asociada. Por los malos tratos recibidos. Por toda la mierda que tienen que aguantar gracias a la ignorancia que hay en torno a ella. Un largo y jodido etcétera.

Y el bonus play de la historia: todos y cada uno de los seres humanos que aún no han sido tocados por la varita de la enfermedad mental, que se mueven en esa felicidad de la dulce ignorancia, si algún día empiezan a tener síntomas, llegarán a tardar 10 años de media entre el comienzo de los síntomas y el conseguir la ayuda necesaria. Todo gracias a esa graciosa y desenfadada imagen de la enfermedad mental. Algo de lo que parece que nos podemos reír, porque sabemos mucho de ella y casi no provoca muertes. Un descojone.

No es ni gracioso, ni necesario. Qué poca creatividad.

¡Este wc es mío!

 

En septiembre estuve en un congreso de psiquiatría. Allí conocí a Irene van de Giessen, una de las pocas personas de las que me pondría un póster en mi habitación. Representa de alguna manera lo que me gustaría ser dentro de 2 años (había pensado poner 10, pero también he pensado que el destino podría darse un poco de vidilla). Irene van de Giessen es la gerente de la Foundation for Recovery Talent, miembro de la junta directiva del Centro de Conocimiento Holandés para Enfermedades Mentales Graves (Phrenos) y asesora de la Asociación Holandesa de Psiquiatría.

Había más como ella. Y las que yo vi no son más que una pequeña muestra. Se trata de personas con una enfermedad mental diagnosticada que, a la vez que han conseguido una recuperación con fundamento, como diría Arguiñano, han ido aprendiendo herramientas y estrategias para ayudar a los que, como ellos, se han encontrado con la sorpresa de un diagnóstico psiquiátrico en la vida. Y ahora no sólo viven de ello, sino que aprovechan su conocimiento para facilitarles a otros el camino. Sé que hay quien le llama a esto “cuñadismo de pago”. La ignorancia es fantásticamente osada. Todo este proceso, el peer support, está clínicamente documentado. No llevan cuatro días haciéndolo. Ya han pasado por muchas fases, incluída la de la discusión con los psiquiatras: “¿cómo van a ver pacientes historias clínicas de otros pacientes?”. La cosa es que trabajan codo con codo: psiquiatras, psicólogos, enfermeros, peers… todos alalimón. Que entre los que se ponen nerviositos con eso, igual hay los que piensan que los peers les quieren quitar el trabajo. Y no. NO.

Lo cierto es que, las personas que más estigmatizan a las diagnosticadas de enfermedad mental son los propios especialistas en salud mental. Y es una pena, pero es así. A mí me gustaría que no fuera verdad. Pero varios estudios lo demuestran. Es una lástima.

En ese congreso conocí a otra persona, René Keet, director médico del Servicio Comunitario de Salud Mental GGZ-Noord-Holland-Noord, Holanda. También es presidente de la Red de Servicios de Salud Mental de la Comunidad Europea (EuCoMS).

Pues bien, este señor contó una anécdota. Hace tiempo, recogieron el malestar de las personas usuarias de los servicios de salud mental con respecto al uso del cuarto de baño. Encontraban estigmatizante tener que utilizar unos servicios exclusivos para “usuarios”, y que los médicos y demás profesionales utilizaran únicamente los suyos. Apartheid de retretes. La queja fue trasladada al comité directivo, se hizo una valoración y se denegó. Las cosas debían quedar como estaban. A él, este hecho le produjo una profunda decepción. Sus colegas, una vez más, querían estar por encima de aquellos a los que trataban.

Lo curioso es que a mí me había pasado algo relacionado. Estando unos días antes del congreso en el Centro de Salud Mental con la directora del programa ¿Y quién no?, en el que llevo 4 años trabajando, fui al baño. El que queda más cerca de su despacho es el de los profesionales. Al salir, me encontré con un compañero de mi jefa, que estaba esperándome en la puerta. La conversación fue más o menos así:

– Hola, perdona. ¿Sabes que estos baños son los de los profesionales, no?
– Sí, lo sé.
– ¿Y tú eres residente, enfermera?
– No, yo soy usuaria, pero ahora estoy trabajando con S. Ya sabes, en el programa del estigma.
– Ah, claro. La cosa es que estos baños son para trabajadores.
– Sí, claro. La cosa es que yo ahora estoy trabajando.
– Ah, entonces es lo que has hablado con S, ¿no?

Pero el hecho no quedó ahí. Volvió a comentarle el tema cuando se encontró con S por los pasillos y a tener una conversación del mismo calibre. Ella se limitó a esforzarse para no explotar en carcajadas.

Pues bien. El 14 de septiembre de 2017, el presidente de la Red de Servicios de Salud Mental de la Comunidad Europea estaba riendo y secándose las lágrimas, escuchando en mi inglés entusiasta (por llamarlo de una manera cariñosa), la anécdota del wáter del centro de salud, dándole la razón sobre la suya propia, que acababa de explicar. Unidos por los incidentes de los wáteres de ambos países. El destino.

Ignorancia

Hace 8 años me diagnosticaste trastorno bipolar. Y yo, como es natural, no te creí. Para mí era más acertado creer que te habías equivocado. Que todos estábais equivocados. Me tomé sin rechistar las pastillas. Busqué en terapias alternativas. Me metí en una búsqueda de información sin fin. Pero no me creí lo que decías.

Cuando me lo dijiste, no sabía qué era el trastorno bipolar. Pero eso no fue lo más grave. Con el tiempo me he ido dando cuenta, a veces de un trago, a veces a sorbitos, de que mi negación era fruto de la más absoluta de las ignorancias. Me habían metido una goleada de campeonato. Y yo me la había dejado meter.

Me había creído que la enfermedad mental era voluntaria. Que los enfermos mentales eran poco más que tontos. Que no se podía confiar en ellos, que estaban así por muchos motivos, pero no precisamente orgánicos. En fin, era una analfabeta en cuanto a enfermedades mentales se refiere.

Y entonces me propusiste hablar del estigma en enfermedad mental. En ese momento, tampoco entendí muy bien de qué querías que hablara. Sólo entendí que eso era bueno para mí. Y fuimos, juntas, abriendo la caja de Pandora. La caja de la verdad.

Hemos recorrido mucho juntas. A veces de la mano. Otras, enfrentadas. Sí, enfrentadas. Quien piense que las expediciones al terreno de lo inhóspito son fáciles, está errado. Son caminos donde la maleza hace parecer al compañero un enemigo. Los miedos, los muros internos, las mentiras, las flaquezas, todo juega en contra del objetivo.

Sé que la respuesta a mi pregunta “¿por qué no se trata el estigma en enfermedad mental desde los inicios del tratamiento” es compleja. No es fácil. Para empezar, no hay conciencia. ¿Se podría hablar de ello a los futuros profesionales? ¿Sería necesario? Hemos empezado por chavales de secundaria. Por más usuarios de salud mental. Por profesores. Nos están pidiendo los padres, tanto de usuarios como de adolescentes. Dentro de poco iremos a la universidad. ¡Hay tanto por hacer!

Qué incómodo viaje hemos emprendido. Atravesando el camino de la incertidumbre, de las preguntas sin respuesta, de las personas que se ponen a la defensiva cuando lo único que queremos es aprovechar todo el conocimiento. Sumando. Queremos sumar.

Hace falta diálogo, hablar de enfermedad mental, de salud mental. Hace falta equivocarse, hace falta sacar de debajo de esa capa de polvo rancio y pegajoso toda la información válida y fidedigna. Dejarnos de reproches y reividicaciones y unir fuerzas para que todos juntos crezcamos aún más.

Este trabajo con el programa ¿Y quién no? me ha enriquecido mucho. También me ha acercado a terrenos aún más inexplorados: los de los muros interiores, los del estigma auto inflingido, los de la patraña hecha verdad aparente. Si bien es cierto que he crecido, aún a veces me siento como una pequeña polilla que vuela durante toda la noche alrededor de una bombilla.

Pero ahora el camino se ve más despejado, gracias a aquellos que también se han unido, que nos han enseñado, que también han aprendido, que han experimentado que dar la cara no hace más que enriquecer, fortalecer y dar luz. Que levantarse, pese a toda la carga que llevamos en nuestras espaldas, es necesario tanto para nosotros como para todos aquellos que siguen a medio gas. Y, sobre todo, para todos aquellos que, por causas que no podemos controlar, necesitarán información para que su necesidad se vea cubierta lo antes posible y no tengan que pasar del todo al nada por culpa de la enfermedad mental y de las informaciones ignoradas.

Flipando

Sí, es cierto que los que “padecemos” una enfermedad mental tendemos a la exageración de las emociones. O quizá esa vivencia exacerbada es lo que ha llevado, en parte, a un psiquiatra a ponernos una etiqueta diagnóstica, en aras de un buen entendimiento con sus otros colegas y con el resto de la sociedad. Que mala intención no tienen, al menos eso creo yo.

Me encuentro en el coche, viajando por la meseta castellana, después de horas de preparativos, órdenes, limpiezas y empaquetamientos, agotada y sin ganas de nada, sumida en mis pensamientos, tendientes al marrón caquita. Mi hija, con el horror vacui auditivo al que ya nos tiene acostumbrados, no para de demandar al copiloto, mi hijo, que cambie de CD. Ahora este. Ahora el otro. Busca el de los nosequé.

Y llega la hora de la canción chula. La de la cual me sé la letra al dedillo. Con la que, aunque no me sienta identificada, musicalmente conecto. Y canto a voz en grito. Y un nudo aparece en mi garganta, llenándome los ojos de lágrimas. Y yo no sé de dónde viene tanta emoción, ni qué hacer con ella. Sólo sé que siento una alegría del copón; que sería una cantante formidable, fíjate qué bien llego a todas las notas (¡y cómo llevo el ritmo!); que la vida es una chulada; que todo es bonito y brillante y que yo soy feliz.

A la vez, una tristeza aún más inexplicable, si cabe, aporta un subtono a esa formidable alegría. Una tristeza que se traduce en lágrimas, en que todo puede acabarse de un momento a otro; de que la fugacidad de la vida nos lleva a derroteros insospechados; que la existencia es de una futilidad que te crujes; que la angustia que sient¡¡¡CUIDADO MAMÁ, QUE VEGA VOMITA!!!

Vega es mi perrita. Tiene un año y aún se marea en el coche. Y yo me seco las lágrimas mientras recojo el vómito de la pobre peluda.

La canción acaba, y mi subidón se desvanece.

¿Mis emociones son exageradas o es que la realidad es un poco chunguilla, con sus modos aleatorios y cambiantes?

En fin. Flipando.

Hambre espiritual

“Aunque tenga que matar, engañar o robar, a Dios pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre.”

Scarlet O´Hara

 

Hace días que me persigue esta imagen. La de una mujer orgullosa, rica, que ha tenido que prescindir de lo que tenía en abundancia, pasar por el aro, por la guerra, por el conflicto, por la escasez. Y que decide, un día, como podría haberlo decidido cualquier otro, que nunca más volverá a pasar hambre. Que nunca va a dejarse vencer, por mucho que se le encabrone la realidad. Que hará todo lo que sea posible para no volver a pasar por el aro. Para no volver a pasar hambre espiritual.

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No podría enumerar qué cosas me han llevado a sentirme una Scarlett vencedora. Bueno, sí podría. Que haya aceptado trabajos en los que me han ninguneado. Trabajos en los que me han faltado al respeto. Por miedo a la pobreza, a la carencia. Porque me he dejado llevar por el miedo demasiado tiempo. Porque he enseñado a mis hijos, sin quererlo, a sentirse víctimas. Porque ahora, aún, estoy a tiempo de desfacer el entuerto. Porque he dudado de si dar la cara, esperando lo que no venía. Porque me he faltado al respeto pretendiendo buscar maneras de sobrevivir que atentaban contra mi esencia. Demasiado tiempo. Demasiado.

Me entran fuerzas, paradójicamente, cuando me impulso desde el espacio imaginario -qué pretenciosa- de portavoz de los que aún no han alzado su voz. De los que han visto truncados sus sueños porque no han recibido el apoyo que hubieran necesitado, y que, de haberlo tenido, podrían haber recorrido un camino más brillante, más auténtico. No de tardes eternas viendo la tele. No de cafés con leche descafeinados. No de abrir sus manos a limosnas de la sociedad que, en su enfermedad y sus tratamientos, han creído que sólo podían pretender.

Nunca más voy a volver a pasar hambre espiritual.

El reton-no

Hola, ya estoy aquí, vengo para quedarme. Hola, me voy. Hola, ya estoy de vuelta. Hola, me vuelvo a ir… Y así.

Es lo que tiene el miedo: que te hace recular, volver hacia atrás. Hoy decido que a partir de ahora y para siempre jamás… y, ¡zas! aparece Don Miedo, siempre tan invasivo, y te hace decidir que lo que iba a ser una energía imparable va a ser un frenazo que te va a dejar el peluquín pegado en la luna de tu coche. Así son algunas cosas, para quienes nos dejamos influir por él.

En fin. Siempre que haya vida habrá posibilidades de rectificar.

Que tengáis un muy buen día. Muá.

Por qué tú no me pareces interesante

Quejarse es un acicate a la acción, pero si sólo se toma de manera constructiva. Y hay tanto por construir. De momento va, sin embargo, la queja.

No me pareces interesante porque juzgas sin ponerte en la piel del otro. Porque lo consideras diferente a ti. Por supuesto, inferior.

Porque proyectas en él de manera inconsciente tus frustraciones.

Porque te consideras mejor que él y que debes enseñarle. A comportarse, a seguir las reglas, a cumplir con el mandato.

Porque polarizas el mundo en lo que está bien y lo que está mal, cuando a veces esas barreras sólo están en nuestra mente. La moral.

No me pareces interesante porque crees que lo que hace es para hacerte la puñeta, cuando podrías sentarte con él y contrastar ideas. Abrir tu mente y tu corazón al otro. ¿Reconsiderar tus apriorismos, tus creencias, tu experiencia (larga y contrastada)? La vida es cambio.

Porque estás muerto en vida. Porque te separas de lo que está vivo y lo consideras peligroso. Una aberración.

Porque no confías en el otro. No confías en ti.

Porque quieres ayudar invadiendo, no invitando ni acompañando.

Porque nunca tendrías un amigo como yo.

¿Sabes? Cómo tú te irritas con el otro y cómo me irrita a mí la manera como tú te comportas con él nos hacen mucho más cercanos de lo que querríamos.

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Foto: photogramma1

Así que ahora ya lo sabes. No pienses que era porque sí.

 

Lo he intentado, pero no me ha salido

A Susanina

He intentado escribir, durante estos meses de sequía creativa. He abierto el escritorio del wordpress, he escrito una línea, quizá dos. Luego: la nada.

Empecé viviendo casi un sueño que pronto se volvió una pesadilla. He pasado los últimos meses tropezando e intentándome levantar entre medicaciones, tratamientos y efectos secundarios que no han servido más que para ganar tiempo a esa nada que se me iba aferrando a la mente y al corazón. La nada. Esa nada.

Junto a la nada, la enfermedad. Mientras engordaba 15 kilos, me diagnosticaban de otra enfermedad crónica -mira qué suerte-: colitis ulcerosa. Vaya colección.

Además, las frustraciones me convertían en una persona irritable y frustrada, proyectando mi descontento en lo que los demás hacían o dejaban de hacer. ¿A alguien le suena? Me he convertido en estos meses en una persona que no para de quejarse y de autocomplacerse en la comida y el sedentarismo.

Quiero decir que lo he intentado, pero no lo he hecho. No me ha salido. Quizá no lo he intentado con suficiente fuerza.

Y  cuando un ovillo se hace tan grande es difícil desenredar el hilo. Pero hace un par de meses empezó a surgir la necesidad de salir de ese atolladero. Y empecé a estirar del hilo, muy despacio. No sé porqué he tenido que vivir esto. No lo entiendo. Sin embargo, hay algo que surge de la más completa oscuridad. Una necesidad minúscula, un cambiar de postura sólo un poquito, un mover la cabeza en otra dirección. Un sueño, quizá. Una palabra de alguien, o una mirada.

Y de nuevo, el recuerdo de que una vez supe con todo mi ser que sólo podía curarme yo. Ni el mejor médico del mundo, ni el mejor terapeuta de la galaxia me pueden sacar del atolladero si yo no hago algo por salir. Y estoy saliendo. Espero quedarme a la luz el suficiente tiempo para recuperar la memoria y no perder de vista el peligro. Puedo volver a estar muy abajo, si me dejo. Muy abajo.

Efectos secundarios y estigma

Lentitud de movimientos, torpeza, amnesia, hipersomnia, insomnio (!), pulso tembloroso, libido baja o inexistente, anorgasmia, conformismo, estreñimiento, hemorroides, aerofagia, retención de líquidos, hiperfagia o aumento del apetito, problemas cutáneos, etc.

Etcétera, etcétera, etcétera.

Y hay gente que se atreve, sin haber tomado ningún medicamento de los que yo estoy tomando, siendo médicos o no, a darme consejos sobre cómo debo actuar, qué principios deben regular mi vida, qué criterios he de seguir con respecto a la medicación que debo tomar. ¿Por qué?

Porque se sitúan, una vez más, en el tú versus yo. Ellos, los enfermos, nosotros, los sanos.

Pues bueno, pues vale.

 

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Foto: Daniel Zedda